Hay seres humanos que son como la tierra misma: silenciosos, generosos y llenos de vida. Hoy mis palabras son para ella, para la Sra. Marรญa Elena, una mujer cuya humildad es tan grande como el esfuerzo que pone en cada jornada.
Verla trabajar es ver el retrato vivo de la dedicaciรณn. Es de esas mujeres que no conocen de horarios cuando se trata de cumplir con el deber; madre de familia que se levanta mucho antes que el sol, con el frรญo de la maรฑana calando los huesos, pero con el corazรณn encendido para entregarnos lo mejor de su cosecha. 

Marรญa Elena no solo entrega productos; entrega parte de su alma. En cada papa nativa, en cada atado de hierbas, en cada mallita de mariscos y en esas verduras que ella misma siembra y cuida, va su historia. Es una mujer de campo, de manos curtidas por el trabajo digno, que nos enseรฑa que la verdadera riqueza no estรก en lo que se acumula, sino en lo que se da.
Lo que mรกs me conmueve de ella es su nobleza. Es de esas personas que, a pesar de su propio sacrificio, siempre tiene un detalle para el otro. Ese โregalitoโ, esa atenciรณn inesperada que te entrega con una sonrisa, es el reflejo de un corazรณn que no sabe de egoรญsmos. 
Valoremos a mujeres como Marรญa Elena. Personas que con su sencillez sostienen nuestras tradiciones y nos recuerdan el valor de las cosas hechas con amor y esfuerzo propio.
Mi mรกs profunda admiraciรณn para usted, Sra. Marรญa Elena. Gracias por su humildad, por su ejemplo de madre trabajadora y por recordarnos que la bondad sigue siendo el fruto mรกs hermoso de nuestra tierra. 

